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ANECDOTAS ENTRE TRUJILLO Y CAAMANO

 

POR FRANKLIN DIAZ REYES DESDE PUNTA SALINAS  20-05-2017

Hace unos años mi buen amigo ClaudioCaamañoGrullón (q.e.p.d) me obsequio y autografió el libro de su autoría titulado CAAMANO GUERRA CIVIL 1965, Tomo I.
Bajo el subtítulo “Con el Generalísimo” desde final de la página 22 hasta principio de la 26 relata anécdotas que le conto su primo Francis de cuando, ya oficial (alférez) de la Marina de Guerra que hablaba inglés con apenas 19 años de edad fue asistente de Trujillo, a quien acompaño en tres viajes al extranjero.
Para ilustración de las nuevas generaciones y otras no tan jóvenes, a continuación transcribo algunas de esas anécdotas:
“Entre sus funciones estaba leerle en las madrugadas, mientras Trujillo se aseaba y acicalaba, un informe resumen preparado en Ciudad Trujillo, sobre las novedades ocurridas en el país las 24 horas anteriores y las informaciones importantes ocurridas en el mundo. Era tratado por Trujillo con familiaridad y confianza. María entraba con el primer café de la mañana para Trujillo y el alférez Francisco Caamaño. Un día Trujillo había peleado con su esposa y cuando Caamaño llega, este le ordena: “Alférez, cuando venga María, la vieja esa, no la deje pasar a la habitación”. Cuando se presentó María, Caamaño que había puesto seguro a la puerta la entreabre y le informa: “Excelentísima Primera Dama, por orden de Su Excelencia, el generalísimo doctor Rafael Trujillo Molina, usted no puede pasar”. Ella le respondió: “Pero bueno, muchacho, fresco, pero tú te has vuelto loco, ¿A mí? ¿Que no voy a pasar? Quítate del medio! Venía con bandeja, cafetera y tazas. Caamaño le contestaba: “Con todo respeto, de ninguna manera Ilustre Primera Dama, son ordenes de Su Excelencia, el Generalísimo”. Mientras María se iba llenando de ira, Caamaño se inquieta y mira de soslayo hacia donde esta Trujillo y lo ve con una toalla tapándose la boca “muerto de la risa”. Al ver de esta manera a Trujillo, se dio cuenta que no era más que una burla de este hacia ellos dos, que no dejaba de significar un gran peligro para él, porque el resultado podría ser indisponerse con María, a la que se puso un poco más firme, y ella desistió, arrojando la bandeja y lo que tenía al suelo, mientras decía: “Que venga la puta esa a darle el café a ese viejo chulo”
Sigue relatando Claudio que Francis le contó lo sucedido en otra oportunidad en Nueva York: “Trujillo iba a salir con su chofer y le ordeno a Caamaño que le acompañara como su asistente en el asiento delantero, junto a su chofer. Iban por la avenida Broadway, en la tarde, una de las más concurridas del mundo a esa hora; le dijo Trujillo: “Alférez, ¿Usted vio dos esquina atrás al hombre alto, con un saco de cuadritos y una corbata amarilla, que se quedó mirándonos cuando pasábamos?” Caamaño se queda sorprendido y le responde: “No señor, Excelencia, no lo pude notar”. Y Trujillo le grito: “Y que es lo que hace usted conmigo, carajo?, apéese inmediatamente, que para andar con usted mejor ando solo”. El chofer detuvo el auto y cumplió la orden en el acto. Caamaño regreso en taxi al hotel, adonde llego preocupado. Cuando el coronel Perrota lo vio, le pregunto qué sucedía…el conto. Perrota lo calmo diciéndole: “No ombe, no, esas son cosas de Trujillo, que quería salir solo. Él va a alguna de sus citas galantes”
Más adelante continua relatando Claudio que “en otro viaje años después, a la misma ciudad de Nueva York, cuando Caamaño leía el informe a Trujillo, que era desusadamente largo ese día, a las siete de la mañana, Trujillo le ordena que llame a su hermano menor el Presidente de la Republica, generalísimo Héctor Bienvenido Trujillo Molina. Al tratar de comunicarse con el presidente, este todavía no había llegado a su despacho del Palacio Nacional y responde un asistente. Caamaño le informa a Trujillo: “Ilustre Jefe, me informan de Ciudad Trujillo que su excelencia generalísimo Héctor B. Trujillo Molina, presidente de la Republica, no ha llegado a su todavía a su despacho”. Trujillo de dijo: “Francis, averigua porque esa mierda de presidente no está trabajando a esta hora”. Caamaño toma el teléfono otra vez y le dice al asistente: “El ilustre jefe, Excelentísimo doctor Rafael Leónidas Trujillo Molina, desea saber por qué el señor presidente de la Republica, generalísimo Héctor Bienvenido no está en su despacho”. Trujillo le increpa desde el baño: “Francis, muchachito…carajo! ¿Quién eres tú para tergiversar mis palabras? Yo he dicho: “La mierda de presidente, dígalo así mismo”. Caamaño toma el teléfono, donde seguía esperando el asistente, y le dice: “EL generalísimo doctor Rafael Trujillo Molina desea saber por qué no está la mierda de presidente trabajando a esta hora”. El asistente se queda tan asombrado que ni le responde, deja el teléfono abierto y regresa momentos después con el Teniente General Fausto Caamaño, EN, Secretario de Estado de Guerra, Marina y Aviación, quien le dice muy apesadumbrado: “Francis, mi hijo, que es lo que estás diciendo”. Y Caamaño le responde a su padre: “Con el mayor respeto Teniente General, Su excelencia el Generalísimo, doctor Rafael Trujillo Molina desea saber por qué la mierda de Presidente, no está trabajando a esta hora”. Fausto le respondió, quejadumbros: “Mi hijo, no te metas en eso! ¿Cómo tú hablas así?”. Caamaño miraba a Trujillo, que tenía una toalla en la cintura y otra tapándose la boca, “muerto de la risa, mientras le reiteraba a su padre lo anteriormente dicho. Finalmente apareció el presidente y el Jefe hablo con él, recrimino fuerte la tardanza, le trato el problema y durante la conversación lo trato varias veces de “mierda” y otras palabrotas.”
“Durante este último viaje, Caamaño, que ya era capitán de Infantería de Marina, acompaño a María Martínez, a su hija Angelita y a dos amigas o parientes de ellas, a la compra de regalos, y en eso estuvo dos días saliendo con ellas, con un maletín lleno de dólares, pues la responsabilidad de él era la seguridad de ellas y hacer los pagos. En una mañana de compras gastaron 37O.000 dólares, y mientras almorzaban en un restaurante de una de las tiendas, María le pregunto Caamaño por la cantidad que quedaba, que era ya poco, y ella le pidió que llamara para que trajeran otra suma.
“Al regreso de este viaje, Trujillo recomendó el ascenso al rango inmediato superior de varios oficiales entre ellos al capitán Francisco Caamaño Deño, M. de G., que pasaría al rango de mayor de la Infantería de Marina. Tenía 22 de edad. Su padre, que en ese momento era Secretario de Estado de las Fuerzas Armadas, cuando vio la lista de los ascensos, se comunicó con Trujillo y le pidió que a su hijo , el capitán Francisco Caamaño lo excluyera de la lista de ascendidos. Caamaño fue ascendido al rango de mayor siete años después, y cuando le pregunte si no le causo amargura haber permanecido tanto tiempo como capitán, me dijo: “No primo, yo era muy joven; papa tenía razón, pero además, si hubiese ascendido aquella vez, al final del régimen de Trujillo hubiese tenido un alto rango que quizás me hubiese comprometido demasiado con el régimen y hoy estaría fuera del país, como están muchos”

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